lunes, 28 de noviembre de 2011

Baby, it's cold outside: una canción con mucho juego.






En estos días leo Para matar el recuerdo. Memorias españolas de Jean-Claude Carrière, el que fuera guionista de la etapa francesa y última de Luis Buñuel. Regalo de una amiga que me emocionó recibirlo por lo que de Buñuel contenía. Estoy en ello y me decepciona un poco la escritura pero me muestra detalles y datos directos que de nuevo me arrastran a querer revisar esas últimas películas de Buñuel a las que no tuve mucho apego por el contraste con el entusiasmo que me provocaron las mexicanas pero que voy redescubriendo emocionada. El caso es que lo cito porque allí comenta Carrière que todas las mañanas lo primero que hacían Buñuel y él era contarse los sueños. Y si no se acordaban, llegaban a inventárselos «ya que, como diría Breton: “El que no sueña es un cabrón”». Pues bien, hace poco soñé (y sueño mucho) que cantaba una canción y la gente me admiraba y yo estaba muy digna y muy puesta en el papel. Está muy bien soñar pero sabes que ahí, afortunadamente tú no tienes manejo de la situación así que no puedo mentir y resulta que soñé que cantaba el Olvídame y pega la vuelta de Pimpinela. Y aún encima sin que nadie me diera la réplica porque es una canción de dos, para dos y de disputa. Y desde mi fuero interno me puse a imaginar de nuevo  tener un partenaire  para pelearme versión musical pero cantando Baby, it’s cold outside si es posible. Y hacerlo con todo lo teatrero que pueda tener la canción tal cual la versión de Louis Armstrong y Velma Middleton.







Porque hay maneras y maneras de interpretar la canción. Desde la más simple interpretación que puede llegar a ser como música de ascensor (ascensor americano y de hotel claro) tal cual comentaba el personaje de Kevin Spacey en American Beauty (Sam Mendes, 1999), o la más intencionada. En intenciones podemos ir de la mujer sometida y dulce a la más cañera y mandona dependiendo de quién la cantara. No es lo mismo Doris Day que Betty Garrett. Y otros decidieron brillar solitos y que el partenaire fuera un coro como lo hicieron Dean Martin o Jo Stafford.


Porque la canción se trata de una insistencia amorosa porque el que la sigue la consigue. Un hombre (bendita Betty Garrett) insiste a una mujer que se quede un rato más, a tomar algo más porque hace frío afuera y ella que si mi padre, que si mi madre…


La canción la compuso Frank Loesser que ya está en los altares por haber compuesto Guys and dolls (1950) otra lucha evidente de sexos de la que parece especializado. Baby, it’s cold outside se dio a conocer cantada por él y por Margaret Whiting pero  apareció visualmente por primera vez y con todos los créditos, puesto que ganó el Oscar a la mejor canción, en la película La hija de Neptuno (Neptune’s daughter, 1949) con Esther Willliams. Sí señores,  Esther Williams y Xavier Cugat (and his orchestra). ¡Qué tiempos aquellos de los domingos por la tarde con esas coreografías acuáticas! En la película se canta dos veces cambiando los roles. En la primera el que lleva la batuta es el hombre protagonista (Ricardo Montalbán) y la mujer protagonista es la que se resiste (Esther Williams) y en la segunda la que manda es la mujer secundaria (Betty Garrett) y el que se deja mandar es él, secundario (Red Skelton).






Pero ¡ojo! Eran esos tiempos, ya saben ustedes:  cuando la mujer llevaba las riendas en primer lugar tenía que ser en tono cómico y en segundo lugar tenía que ser la actriz secundaria. Era todo lo que nos daban. Y Betty Garrett parece que lo copó. Ese mismo año llevaba las riendas en otra canción para dos, Come up to my place en Un día en Nueva York (On the town, Stanley Donen & Gene Kelly) insistiendo nada más y nada menos que a Frank Sinatra. Un musical de Leonard Bernstein cuya mejor versión para mí es la que interpretó Mandy Patinkin, el Íñigo Montoya de La princesa prometida (The princess bride, Rob Reiner, 1987).



Betty Garrett junto a un paleto Frank Sinatra.



Retomando nuestra canción central aquí tenemos una muestra de mujer cándida pero que de tanto ir al extremo se pasa. La versión de Ann Margret llega casi hasta la obscenidad. Es casi tan impúdico como el Je t’amie, moi non plus de Gainsbourg. Ahora entiendo el impacto y la imagen proyectada de Ann Margret que veíamos como tema en un capítulo de Mad Men que se habría con su Bye, bye, Birdie (1963).











Para cortar de golpe tanta sexualidad he encontrado una versión que me lleva a muchos recuerdos de infancia y que finalmente acepto sin pelea. En esta versión  Piggy ataca al mismo Rudolf Nureyev como una versión previa de Sarah Jessica Parker atacando a Baryshnikov. Solo que Piggy da una imagen completamente distinta que Sarah y a saber a cuál mejor (ironía).







Tras tal rastreo me he dado cuenta que los americanos usan esta canción: primero, como una manera de complementar entrevistas en shows americanos como los de Johnny Cash, Megan Mullally (la Karen de Will & Grace) o los teleñecos,  hacer guiños parejiles (Elsa Lanchester y su esposo  Charles Laughton en un programa de radio) y anuncios televisivos.






Y segundo, la usan como canción navideña. ¿Tal vez por el frío que hace afuera? Porque no hace falta más que mirar la cantidad de portadas en las que los artistas cantan la canción y en todas sale el reno, el árbol, la nieve, etc.  En Elf (Jon Favreau, 2003) aprovechan la ocasión del marco navideño y la colocan, y la verdad es que no está nada mal.







Aquí la cantaba Zooey Deschanel como previo calentamiento a la versión que ha sacado hace poco ya profesionalmente con su grupo She & Him. Evidentemente un disco con canciones ¡navideñas!:  A very She & Him Christmas.






Sexo, Navidad… Menudos saltos que provoca la canción. Os dejo ahora con una versión muy nórdica que tiene un video muy inquietante aunque no ocurra nada. Un blanco y negro que recuerda al primer Polanski.







Uno de mis deseos sigue siendo cantarla a pesar de lo bueno y lo malo que se haya visto aquí pero si hay que cantar por cantar, una canción para cantar con un amigo, que es una de mis preferidas y que la cantaron dos amigos-amigos: Frank Sinatra y Sammy Davis Jr., Me and my shadow. Esta será para otro momento pero aprovechando la coyuntura terminamos con la versión de Baby, it’s cold outside de Sammy Davis Jr. y Carmen McRae porque ellos lo valen. Disfruten.





viernes, 25 de noviembre de 2011

Arte soviético en tiempos de revolución: La caballería roja.



Estamos terminando el año 2011 que entre otras cosas ha sido el año dual España-Rusia, y ahora mismo están candentes dos exposiciones en Madrid de obligada visita: la exposición en el Prado que trae las obras del Hermitage de San Petersburgo, ese museo que ya como edificio tiene su historia y otra en la Casa Encendida de la que ya hemos llegado al ecuador y estará hasta el 15 de enero. La del Prado estará hasta el 25 de marzo.



La mirada de Malévich sobre la caballería roja.



La exposición de la Casa Encendida «La caballería roja. Creación y poder en la Rusia soviética de 1917 a 1945» toma nombre de una obra de Isaak Bábel de  1926. Y con una cita del libro se abre la exposición junto con el cuadro con el mismo título de Kazimir Malévich. El libro de Bábel del que Borges comentó que «la música de su estilo contrasta con la casi inefable brutalidad de ciertas escenas», consta  de treinta y cinco textos breves inspirados en sus experiencias en la guerra contra Polonia en 1920. Se acogió como el primer escritor bolchevique pero llegado el terror estalinista con sus purgas, Bábel desapareció en  1940. Esa caballería roja que hace referencia al ejército rojo de los bolcheviques, en esta exposición se centra no en el campesinado o ejército sino en los artistas que como ellos formaron y fomentaron el cambio radical en la Rusia artística: qué tipo de arte sobrevivió, cuál se impuso o qué novedades trajo. Así vemos por ejemplo el paso del constructivismo al realismo social.



Aleccionar: Trabajador consciente de Mayakovski, 1920.




Diseño de Rodchenko.
Un jinete, un caballo rojo que representa al igual que el segundo jinete del apocalipsis, la guerra. Y así se lo tomaron también a nivel artístico, de ahí la declaración de Mayakovski: «Es hora de que las balas decoren las paredes de los museos». Lo que en ese momento tocaba era la guerra y la destrucción para que el nuevo orden primase. Vladímir Mayakovski es uno más de la gran cantidad de artistas que se aglutinaron en estos días. Hay una comedia fantástica que reúne un plantel muy significativo de artistas pues esta comedia, El chinche, de 1929 la escribió Mayakovski, la dirigió Meyerhold, con música de Shostakovich y donde la segunda parte de la obra que está ambientada en 1979 la diseñó Rodchenko.






Iván duchado con oro.



La exposición pese al extenso tiempo que cubre, en realidad por la gran cantidad de artistas es un muy buen punto de partida para generar curiosidades y está muy bien enmarcada pues empieza con esos ejércitos rojos y termina con el fin de la Segunda Guerra Mundial, el momento álgido de Stalin simbolizado cinematográficamente con Serguéi Eisenstein y su Iván el terrible (1944), cuyas imágenes tienes que sobrepasar para salir de la exposición en su itinerario total. Una película, Iván el terrible, que formaba parte de una trilogía que no pudo concluir el director por Stalin. La conjura de los boyardos (1946) la segunda de ellas  fue prohibida puesto que si Stalin se reflejaba en la figura del Zar, en esta segunda se daba cuenta de la deriva de locura que tomó y a Stalin evidentemente no le gustó  el paralelismo. La tercera no llegó a rodarse. Éste es el caso de la parte suave de esos restos de las famosas purgas de Stalin que llegó a casos extremos unos años antes (1936-1938). Nada que ver su reacción cinematográfica con la que se dice que era su película favorita, Volga-Volga de Grigori  Aleksandrow, una comedia soviética de 1938 que podemos descubrir en una de las salas de la planta baja. Volga-Volga es una muestra de ese paso último en el arte soviético que comprende la exposición. La deriva hacia el realismo socialista que se instaura como único método artístico donde la cultura se infantiliza y el héroe siempre es positivo.




Volga-Volga 1.



Volga-Volga 2.



Volga-Volga 3.



Volga-Volga 4.




Fijándonos en todas las leyendas de los distintos elementos de la exposición hay dos términos que se repiten a la hora de clasificar el arte y a los artistas soviéticos y son muy curiosos: el montaje y el acusarse de formalistas. Al menos son los dos términos que han llamado mi atención. La exposición ejemplifica ambos términos: uno por adscripción y otro por evasión.




A propagar por esta vasta región.
Ya que el término montaje es evidente en el contenido de la exposición, más que nunca debe de ser también un término clave a la hora de organizar la exposición. Y así es, salvo quizá, en la necesidad de que las proyecciones audiovisuales no solo queden identificadas en la misma pantalla sino también en una leyenda junto a la obra. Más allá de este detalle, el término queda claro en el contenido como cuando leemos que a través de él y del arte mecanicista se puede entrenar y reacondicionar el cerebro humano. Se trata de borrar e instalar otra mentalidad. Un arte «dirigido» donde el cine tenía mucho de arma tal cual Trotski confirmó cuando aún lideraba Lenin: «Este arma (el cine) que clama por ser utilizada, es el mejor instrumento propagandístico». Stalin opinaba lo mismo y por eso hizo eliminar de Octubre (1928) de Eisenstein las apariciones de Trotski, su rival, para después hacerle desaparecer realmente en su exilio en México cuando fue asesinado por el español Ramón Mercader. Se trataba como antes se ha dicho de entrenar al cerebro humano por eso organizaban barcos y trenes con bibliotecas, imprenta y cinematógrafo en lo que se llama agitprop para expandir la propaganda por todo el país. El cine era un elemento fundamental de ahí que en uno de los trenes (todos dibujados con consignas y dibujos) se leyera: «El cine da luz a la oscuridad e ilumina la pobreza».


El agitprop era algo parecido a las Misiones Pedagógicas de la Segunda República Española. La diferencia es evidente en cuanto a que la española era más humanista que política y los medios utilizados eran de otro nivel (coches y burros frente a barcos y trenes). En estas misiones es donde participaron Lorca, con su grupo universitario La Barraca y Val del Omar que se encargaba del servicio de cinematografía. De este último más allá de la exposición que pudo verse hasta primeros de año en el museo Reina Sofía, el mismo MNCARS en su exposición permanente ofrece al público alguna proyección de estas misiones.



Un alfabeto gráfico de 1917.
Nos quedaba suelto el otro término, el que había que evitar: el formalismo. Realmente existía una campaña contra el formalismo. Era evidente puesto que éste se centraba en el componente visual del arte aisladamente y las consideraciones éticas y sociales quedaban fuera. El arte por el arte era impensable desde el comienzo de la revolución. El arte, si es que no niegan la palabra arte ("muerte al arte" decía Alekséi Gan en su obra Constructivismo), al menos tiene que tener como componente el compromiso social, la agitación política, de ahí que ante todo surgiera ese arte de formas claras, bruscas, con lemas evidentes, aleccionador, donde los carteles y panfletos estaban a la orden del día, donde en el vestuario que creaba Meyerhold primaban las formas, las rayas. El músico Dmitri Shostakovich era uno de los más atacados sobre todo a raíz de su obra El arroyo claro en 1935 y ya con El don apacible que no gusta a Stalin no vuelve a escribir una ópera, según el texto de la exposición pero sí evidentemente a componer sinfonías.




El ajedrez político.


Hay un objeto curioso en la exposición, un ajedrez de Vasili Guriev de 1927 donde se enfrenta literalmente el mundo capitalista y la Rusia soviética. Los primeros son unos hombres barrigones encuadrados por tanques y barcos y los segundos unos delgados campesinos éstos rodeados no por potentes tanques sino por una pila de libros donde se posan la hoz y el martillo.



Rodchenko entre otros.



Por otro lado el recorrido musical paralelo en cada una de las salas está muy bien buscado sobre todo cuando en la sala B te encuentras una pequeña pantalla con un pequeño video donde se muestra en una fotografía casi en 3D una exposición que tuvo lugar en 1921 con objetos colgados que dan un aire fantasmal.  A la escultura ahora la cubre el concepto de bloque y masa. Es un ejemplo claro de lo que pretendía el constructivismo, una construcción en tres dimensiones más allá de la simple composición en dos. Es como sustituir el cuadro en el caballete tal como se dice en la exposición. Rodchenko es uno de sus principales artífices y aparece en varias ocasiones en el recorrido. Por ejemplo en ese famoso cartel (que volvieron a poner de moda los Franz Ferdinand) llamado Libros de 1924, un cartel publicitario de la sede de la Gosizdat (la editorial literaria estatal) en Leningrado (hoy  San Petersburgo).



Diseño de Yekaterina Petcova para una ópera de Rimski-Korsakov.



Además de músicos, pintores, cineastas y escritores (novelistas, poetas y escritores de ciencia ficción), la exposición también revisa el teatro con muestras de escenografías, diseños e incluso una maqueta de una obra.


El pasillo final de la exposición muestra un recorrido por los escritores y poetas destacados acabaran como acabaran y acabaran por quienes acabasen ya sea Lenin (en el caso de Bulgákov que manda al exilio en 1922) o en el de Stalin (Bábel asesinado en 1940).Allí podemos leer un gran poema  de Marina Tsvietáyeva y otro de Anna Ajmátova de la que oí hablar por primera vez a través de Chantal  Akerman en su instalación D’est. Al borde de la ficción (1995).


¡Sé que moriré en el crepúsculo! En cual de los dos,
con cual de los dos – ¡no seré yo quien lo decida!
¡Ah, si mi antorcha pudiera apagarse dos veces!
En el crepúsculo de la tarde y del alba – a un tiempo.

¡Con paso de danza pasé por la tierra! – ¡Hija del cielo!
¡El delantal lleno de rosas! – ¡Sin lastimar un solo brote!
¡Sé que moriré con luz crepuscular! – Dios no enviará
una noche de azores a mi alma.

Apartando con mano suave la cruz sin besos,
al cielo generoso iré por un saludo postrero.
Albores del alba – y de una sonrisa en respuesta…
¡También en el espasmo de la muerte seré – poeta!


Marina Tsvietáyeva,
Moscú, diciembre de 1920.



Nota 1: La Casa Encendida junto con la exposición está programando en noviembre y diciembre en su espacio de cine contemporáneo toda una selección del último cine ruso y curiosamente el día 28 de diciembre se proyectará con dos pases (18:00 y 20:00), El arca rusa (2002), una imprescindible película de Sokurov. Todo un ejercicio cinematográfico donde el propio Hermitage (que como hemos dicho, tenemos representado ahora en el Prado) con toda la historia que ha visto pasar, se erige en figura central. 


Nota 2: Por si acaso, aquí la dirección de la Casa Encendida: Ronda de Valencia, 2. Metro: Embajadores. Horario: De lunes a domingo de 10:00 a 22:00.




domingo, 20 de noviembre de 2011

Sunday morning. Que el pasado no sea una losa.







Canción de domingo para un domingo electoral. Porque nos lo merecemos. Una canción mítica que forma parte del álbum The velvet underground & Nico de 1967. Sí, el mítico álbum del plátano popero de Warhol. Porque de Warhol salió el proyecto y el dinero aunque el álbum lo crearan Lou Reed y John Cale. Experimental, psicodélico y arriesgado por las letras, además parece ser que las primeras ediciones del álbum tenía escrito en la portada «Peel slowly and see», una sugerencia de alto contenido erótico pues parece que pelando la banana de la portada algo de carne había debajo.




La mítica portada bananera.



La canción la canta Lou Reed y Nico aparece de fondo. Nico, esa mujer alemana que murió tontamente en Ibiza, que tuvo un hijo de Alain Delon y fue actriz, amante y demás de Phillipe Garrel. Ella canta otra de mis canciones preferidas del disco junto con Sunday Morning, All tomorrow’s parties, supongo que las dos canciones con una melodía más reconocible por decirlo de alguna manera. Todo esto conociéndome como me conozco más que al disco. Por lo tanto, feliz domingo como si no haya lunes por lontananza.



La Velvet y Nico.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Te quiero pero te temo: En un lugar solitario de Nicholas Ray.



En un lugar solitario.





Ray es uno de los tuertos de Hollywood.


«Nací cuando ella me besó. Morí cuando me abandonó. Viví unas semanas mientras me amó». Una de esas frases de cine inscritas en una película sobre el mundo del cine; En un lugar solitario (In a lonely place, 1950). Ya un año antes, Nicholas Ray el mismo director nos presentó otra que también se ha convertido en clásica, y que también decía  el mismo actor, Humphrey Bogart en el alegato final de Llamad a cualquier puerta (Knock on any door, 1949): «Llamad a cualquier puerta de la gran ciudad y conoceréis a un Nick Romano».






Durante el rodaje.




Detalles de pareja.
Por mucho que la película a modo de thriller noir tenga como punto de partida el averiguar quién asesinó a una chica, la película se centra en realidad  en una historia de amor. Estos desvíos dentro de determinados géneros Nicholas Ray los repetirá por ejemplo en Johnny Guitar (1954), también y sobre todo una historia de amor aunque se encuadre en el género del western. Aquí Dixon Steele (Humphrey Bogart) un guionista de Hollywood, recibe el encargo de adaptar una novela. Por las pocas ganas de leerla lleva a su casa a una chica que trabaja en el restaurante al que acude para que le cuente de qué va, ya que ésta sí la ha leído. La chica se va de su casa pero a las pocas horas viene la policía con la noticia de que a la chica la han asesinado. Y la vecina algo tendrá que decir. La vecina claro está es Gloria Grahame. A partir de su aparición, la historia de amor.




A seguir el rastro de Gloria Grahame.
Gloria Grahame cubrió durante un tiempo mi retina junto con Gene Tierney.  Creo que las descubrí al tiempo, fascinada y asombrada sobre todo por esas historias de amor tan atípicas (la de Gene Tierney en Laura [Otto Preminger, 1944] lo es y por partida doble). A Gloria Grahame fue tanto en esta película como en las dos que hizo con Fritz Lang (otro de los tuertos de Hollywood como Nicholas Ray), sobre todo en esa escena tan dura del café hirviendo en Los sobornados (The big heat, 1953).



Desviémonos hacia el puro cotilleo. Gloria Grahame y Nicholas Ray, actriz y director estaban casados cuando rodaron la película. Era para ambos su segundo matrimonio y también ambos pasarían por dos matrimonios más. Lo curioso del caso es que Gloria tuvo como tercer marido a su hijastro, el hijo de Nicholas Ray, ocho años después de divorciarse de éste. Y es que los caminos del amor son inescrutables sobre todo para esa fauna hollywoodiense. Si quieren resarcir ese morbo pero yendo hacia el extremo, hacia temas realmente escabrosos no hace falta más que ir al libro del cotilleo del mundo cinematográfico por excelencia Hollywood Babilonia de Kenneth Anger.



Norma Desmond estrella del cine mudo.



Anger se dedicó a desvelar todos esos secretos que las productoras tapaban. Y esto también aparece en la película. Una de los trabajos fundamentales del agente de Dixon Steele es el de ocultar las múltiples peleas en las que se mete su cliente. Porque tal como comentábamos al principio, En un lugar solitario es una película también sobre el mundo del cine. Tangencialmente toca el paso a una nueva era en Hollywood dejando el cine mudo atrás tal cual lo ejemplificó El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, Billy Wilder), película del mismo año. Donde en ésta era el personaje principal (Norma Desmond) el que lo encarnaba, aquí aparece un personaje secundario que al igual que el de Norma está interpretado por una antigua estrella del cine mudo. Humprey Bogart toma aquí el puesto de caballero andante que en la película de Billy Wilder ocupaba el mismo Erich Von Stroheim.



El guionista está inspirado.




Menos tangencialmente  toca el mecanismo interno de la producción cinematográfica. Dixon es guionista y se le exige un éxito pues desde la guerra no ha tenido ninguno (muy bueno el diálogo en el bar con un director de éxito al que Dixon llama vendedor de palomitas). Charles Waterman es el actor con gloria pasada que ahora solo ejerce de borracho. Laurel Gray es una actriz de poca monta de las que a falta de papeles se lía con hombres con talón pero que en el último momento cambia su hoja de ruta. Aparentemente parece encarnar la célebre frase: “Era una actriz tan tonta que para lograr un papel se acostó con el guionista”. Pero no, lo que hace es enamorarse de Bogart porque le gusta su cara. Porque sabemos que un guionista no es nada en este mundo, cosa que vemos en la escena en la entrada al restaurante donde un niño le dice a otro cazando autógrafos al ver a Dixon que no se moleste con ese, que no es nadie, cosa que Dixon confirma.



Los entresijos del cine en Cautivos del mal.
La gran película que superaba la mirada romántica sobre Hollywood no fue otra que Cautivos del mal (The bad and the beautiful, Vincente Minnelli, 1952) donde todos los participantes están perfectamente descritos y por la que, por cierto la misma Gloria Grahame ganó el Oscar a la mejor actriz secundaria por aquel entonces.
La película es una de las que produjo Bogart para la Columbia con su propia compañía Santana Productions y cuya aventura le duró cinco años. El nombre, muy afín a mí, era el nombre del yate particular del actor que a su vez venía de la lancha que salía en Cayo Largo (Key Largo, 1948).



Sospecha.



El meollo de la película es la duda, la sospecha que recae sobre Dixon Steele. Porque Dixon no es un santo. Es sarcástico y eso nos gusta en un principio (su amigo le anuncia que se ha casado y en vez de darle la enhorabuena le pregunta por qué) pero empezamos a descubrir algo de su carácter violento. Y son las mujeres las primeras que sospechan y las que hacen avanzar la trama. Primero Sylvia la mujer de su amigo policía, después Martha la masajista hasta llegar a la misma Laurel.



Lo que ven los ojos de Dixon.
Porque Dixon Steele tiene mucho de esos personajes  con demonios interiores de Nicholas Ray como los de Rebelde sin causa (Rebel without a cause, 1955). Y Nicholas Ray sabe cómo marcar esa sospecha en el subconsciente del espectador. Primero con la única ocasión donde utiliza cámara subjetiva: cuando la chica le cuenta la historia de la novela a Dixon. La escena es totalmente inocua. Dixon muestra desinterés, está distanciado de la chica, incluso hay momentos de comedia. El espectador está tranquilo, ahí no pasa nada pero Nicholas Ray ha sembrado en la mente del espectador un resquicio de duda porque la cámara subjetiva desde los ojos de Bogart genera inquietud, tal vez cierta locura, pensamientos ocultos.


Los ojos de Nixon bien enmarcados.




Ahora yo dirijo y me emociono.
Son sobre esos ojos de Bogart sobre los que pivota el director durante toda la película. Los ojos no mienten o eso dicen. Por eso la película se abre con el título de los créditos iniciales sobre la mirada de Bogart en el retrovisor que es otra mirada no directa de su mirada como la de la cámara subjetiva.  Hasta aquí eran semillas inofensivas pero hay un momento donde vemos sus ojos vidriosos, idos, cuando narra a su amigo el policía y su mujer cómo él cree que ocurrió el asesinato de la joven. En ese plano medio hay un foco de luz en su boca, los ojos los tiene vidriosos y hasta el tono de voz le cambia a Bogart cuando en un tono silbante no para de repetir squeeze harder (aprieta fuerte). Este plano junto con los detalles de puesta en escena paralelos entre el primer beso y la escena final donde encuentra su eco, hacen que esta película sea tan extrañamente hipnótica.


La gran escena de la primera conversación.



Escenas como la caída en off del actor borracho, los diálogos en la cena con el amigo y su mujer, las escenas tensas en el restaurante (el lugar social donde hay más posibilidades de errar), la agilidad que aportan los dos apartamentos más allá de para librarse de la censura y sobre todo la puesta en escena de la primera conversación de los dos en la comisaría hace que ésta no sea una película más en el catálogo del cine norteamericano.


Humphrey Bogart le pedía a Gloria Grahame que se lo dijera porque quería escuchar cómo sonaba. Tal vez puedan intentarlo ustedes: “Nací cuando ella me besó. Morí cuando me abandonó…”



Tres eran tres.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Another year: una película triste


Una preparación para el invierno.



De la primavera al otoño y directos a la cuneta es la primera idea que me viene a la cabeza después de ver Another year de Mike Leigh. El visionado de esta película tiene contraindicaciones así que se avisa de antemano que la gente con un poco de bajón o bien le sirve de catarsis  o bien termina de bajarle todo. Por diversas circunstancias desde su estreno había ido quedando cada vez más atrás la necesidad y ganas de ver esta película. La primera que veía en el cine desde mi cumpleaños (por lo de fecha señalada) y es la película más triste que yo recuerdo. Yo diría que no es casualidad.


Como bien dice el título, se cuenta la historia de un año que podría ser cualquier año. Ya el hecho de empezar por la primavera y terminar en invierno te da una pista de los derroteros negativos que toma el asunto. Porque el recorrido de cada estación es una suma continua de seres a la deriva.



Qué suerte tenemos.



No hay amarres y mucho náufrago. Es casi como una obra de teatro de cámara, ese término que te viene a la cabeza por Strindberg o Ingmar Bergman, por lo que tiene de enfrentamiento dialéctico, de oposición de rostros, de lugar casi claustrofóbico que empieza con un prólogo contundente donde el espectador recibe una bofetada del personaje de Imelda Staunton. Ésta aparece en la consulta de la protagonista Gerri (Ruth Sheen) pero a partir de ahí, la pena no se ancla en el centro médico, se arrastra, se la lleva consigo Gerri, y de la consulta pasa a la secretaría y de la secretaría al hogar. La pena le acompaña pero no le traspasa. De hecho, los protagonistas, la pareja Tom (Jim Broadbent) y Gerri guardan en su hogar un remanso de paz donde como pareja comparten copas de vino y jardinería. Guardan sus rutinas como puntales de salvación ante la miseria emocional que el ambiente grisáceo de la sociedad inglesa provoca.



Lesley Manville, enorme descubrimiento.


Por comentarios que he oído, por películas que he visto, los ingleses son ceremoniosamente correctos (Tom y Gerri lo son) aunque se pudran por dentro o quieran contagiar a los demás (Tom y Gerri condescendientes) y un abrazo es tan inusual que solo lo pide la extravagante del grupo (gran momento de la película). Y ese carácter inglés es lo que hace especial la película, el porqué la hace irremplazable a otro lugar. La escena del entierro o de Gerri y su compañera de trabajo Mary en su cocina hacia el final no se verían por estos lares salvo en el mediterráneo superior que no inferior. Cuando vi la película Elisa K. (Jordi Cadena y Judith Colell, 2010) pensé que ese tipo de relación familiar y de reacción salvando todos los prejuicios no se daría en otras zonas del país.  Al fin y al cabo los catalanes son los más europeos de la península con todo lo positivo y lo negativo que ello comporta.



El gnomo Mike.



Cuando Mike Leigh apareció realmente ante nosotros fue cuando le dieron la Palma de oro en Cannes por Secretos y mentiras (Secrets and lies) en 1996 y desde entonces (realmente desde Naked [Indefenso, 1993])  el pesimismo que nos entrega no es ninguna sorpresa. Cosa que resulta sorprendente al ver el rostro lleno de bonhomía de este inglés que más bien te hace recordar a David el gnomo. Pesimismo que se reparten tanto él como su compañero Ken Loach desde hace un par de décadas en las que han compartido cierta carrera en paralelo, pero lo que hace diferente a Mike Leigh, es que es más fresco, tiene personajes más completos, menos arquetípicos y mejor dirigidos y sobre todo, la gran diferencia es que Ken Loach refleja los problemas teorizando y Mike Leigh los diluye en historias concretas y «verdaderas».



No quiero mirar atrás.
Recuerdo que su anterior película, la inmediatamente anterior a Another year, no me convenció demasiado. Se trataba de Happy: un cuento sobre la felicidad (Happy-go-lucky, 2008) donde se iba al otro extremo, a un personaje con un optimismo ciego; el personaje de Poppy. Supongo que Mike Leigh se puso a pensar cómo sería ese personaje si ese optimismo no fuera real, no fuera auténtico de raíz y pensó que se convertiría en un personaje dramático y llegó a construir el de Mary (Lesley Manville) de Another year. Un personaje que pintaba secundario, que iba a dar pinceladas a la protagonista y se convierte en central porque la película es toda ella; sus frases, sus gestos, sus ojos; unos ojos pequeños que le dan un aire pizpireta pero que en el fondo esconden mucha tristeza. Por su edad, por su coquetería, es como una especie de Blanche DuBois. Hay una escena muy clarificadora en el portal de la casa de la pareja. Ésta junto con su hijo despide a Mary. Mary mira atrás y ve la calle vacía, ve el camino de vuelta sola y sabe lo que se va a encontrar. Tarda en irse, no pide nada, la despedida es larga y muy cortés. Esa mirada que constantemente lanza a espacios vacíos la actriz se vuelve cierre de punto y final en la última escena aunque ahora haya cambiado algo. Ella encabeza el grupo de los seres tristes y le acompañan Roonie y Ken, el hermano y un amigo de Tom.



Ken y Mary fuman y beben para perderse y no encontrarse.



Aunque suene deprimente, en días de otoño te apetece que una película te mueva las entrañas porque te enseña y te tranquiliza visualizar las mierdas que se echa uno encima. Tal vez la frase que le dice Gerri a Mary: «Tienes que aprender a hacerte responsable de tus acciones» sea una de las claves de la película, y la otra, que demos y pidamos abrazos aunque sean metafóricos. 


Un cartel demasiado alegre.